Poemas

Seleccione el nombre del poema para escuchar la lectura que hizo Irene Gruss.

Mutatis Mutandi

Por favor no sufran más
me cansa,
dejen de respirar así,
como si no hubiera aire
dejen el lodo, el impermeable,
y el vocabulario,
me cansa,
la mujer
deje de tener pérdida ese chorro sufriente,
los padres dejen el oficio de morir,
el daiquiri o el arpón
en el anca, y aquel perfume matinal,
la Malasia,
y el Cristo
solo como un perro,
y al amor como
un fuego fatuo, y a la muerte,
déjenla en paz,
me cansa,
(¿algo ha muerto en mí?:
tanto mejor).
Así que,
valerosos,
amantes,
antiguos,
huérfanos maternales que acurrucaron
al mundo
después
de la guerra,
dejen el rictus,
oigan
y despídanse,
por primera vez
sin grandeza.

De El mundo incompleto, Ed. Libros de Tierra Firme, 1987.

Mujer irresuelta

Yo quisiera, como Gauguin, largar todo e irme,
dejar mi familia, la no tan sólida
posición
e irme a escribir a alguna isla
mas solidaria.
Esa tranquilidad de Gauguin,
permanecer en una isla
tan calurosa, donde las mujeres
escupen resignadas
carozos de fruta silvestre.

Para Sergio Kern     

De El mundo incompleto, Ed. Libros de Tierra Firme, 1987.

Jinetes del Apocalipsis

No hay lugar para la huida, ángel
del deseo.
Ellos, que dicen que son fantasmas,
siguen haciendo malas artes,
influyen, lo hacen bien,
estorban la huida, ángel
del deseo. Me corrompen.
Adonde fuera, el sol o la lluvia
me perseguirían como un testigo;
adonde me quedara,
ellos,
que dicen que son fantasmas,
mandarían cartas anónimas, desapasionadas
o donde la pasión
ocupa un lugar antiguo, de pacotilla.
Ahora, dicen,
el cielo se resquebraja tanto como
el suelo,
la gente lee libros trágicos,
sueña con llanuras que parecen desiertos.
Ahora, dicen, todo ha terminado.
Y yo quería un lugar,
un toque
de infancia,
una frase verdadera.

De La calma, Ed. Libros de Tierra Firme, 1991.

La dicha

Lo que no esperé
hoy no vino. El anhelo es
dificultad para respirar.
Y el deseo, muerte
de la esperanza.

De La dicha, Bajo la luna editorial, 2004.

Dichosos

Dichosos los que baten palmas
y hacen ruido con los pies,
y contestan a los títeres, al
actor que bromea y ríen,
dichosos
el sordo que canta y silba
y el ciego afinado que mueve su cuerpo
y apunta su cara al cielo.
Dichosos los que saludan
por la calle,
bailan, sueltos
de andar, de nada para perder,
más pudorosos que Dios,
sinvergüenzas, dichosos.
Dichosos los que copulan
dormidos, y al despertar
copulan despiertos,
los viejos que charlan con
sus atadillos, y se burlan de las palomas
y del frío.
Dichosos los que lloran
porque son tristes
y los que ríen cuando
la lluvia empapa lo puesto
a secar, dichosos
el rojo, el azul y el amarillo.

De La dicha, Bajo la luna editorial, 2004.

Fin de estación

Fin de estación
Como una ciega me puse a oler los maremotos
como una ciega que tiene sed
quiere agua, quiere ver el agua. Como
un gigante aplastado
toqué el pasto
tanteé el suelo, como
una infeliz
deseché mi casa como una infeliz,
como un sabio desgajé una fruta y
como un adolescente tuve fe,
como un muerto tenía un único elemento.

El último verso pertenece a Paul Eluard.     

De La calma, Ed. Libros de Tierra Firme, 1991.

“Era lo que Diana más temía...”

Liliana Heker     

Consecuente, ella empezó a lavar su ropa.
Puso agua en un balde
y agitó el jabón, con un sentimiento ambiguo:
era un olor nuevo y una nueva certeza
para contar al mundo.
“Mirar cómo se rompen las burbujas, dijo,
no es más extraño que mirarse a un espejo.”
Creía que hablaba para sus papeles
y se rió, mientras tocaba el agua.
La ropa se sumergía despacio, y
la frotaba despacio, a medida que
iba conociendo el juego.
Decidida,
tomó cada burbuja de jabón
y le puso un nombre; era
lo mejor que sabía hacer hasta ahora,
nombrar, y que las cosas
le estallaran en la mano.

De La luz en la ventana, Ed. El Escarabajo de Oro, 1982.

Poema

El sol cosquillea en mi nuca.
Estoy lavando de espaldas
                                                al sol
y de repente
sonrío
porque el sol cosquillea en mi nuca.

De La luz en la ventana, Ed. El Escarabajo de Oro, 1982.

El jardín

¿Estás cansada del viaje, Diana?
¿Dejaste las valijas y te asomaste a ver el sol
en tu jardín, fuiste allí
rápidamente, pausadamente?
¿Echaste una ojeada a las plantas
o mirás cada una, sabiéndola,
descubriéndola, cuidás
tu jardín, hablás, cantás con
la regadera en la mano?
¿Estás cansada de vuelta del viaje,
Diana? ¿Estás contenta?
¿Alguien te acarició, jugó otra vez
con tu melena de fénix,
te besó los párpados
como quien desea tocar
una mirada así de azul, de gris
según el tiempo? ¿Fuiste feliz,
Diana? ¿Intenso y duro, el viaje?
¿Acomodaste la cabeza en el asiento del avión?,
¿descansaste?
¿Estás repleta de memoria, de sentidos
por el viaje, Diana?
¿Comerías conmigo para contarme?
¿Pasaste hambre en la estadía,
Diana, pasaste hambre?
¿Te embriagaste? ¿En algún momento
llegaste a marearte por el viaje?
¿En algún momento, sentiste
esa nada en la boca
del estómago, ahí donde dicen que
está el alma? ¿Llenaste
con qué esa nada, con la gente,
con las cosas, tuviste
necesidad? ¿Observaste
la vida tranquila? ¿Así, como te veo
ahora, calma
y sabihonda? ¿Conociste
la muerte en el viaje,
Diana? ¿Te asustó, la asustaste?
¿Trajiste fotos, postales,
documentos?, ¿abrazaste a
muchos, te abrazaron?
¿Gozaste, tradujiste el amor
loca de deseo? ¿Hablaste demasiado, callaste
demasiado? ¿Por qué
estás diciéndome
que escribir es lo único
que tenemos? ¿Estás
cansada, es por eso, porque
estás cansada del viaje? ¿Querés
dormir, recostarte en un hombro,
querés reír, llorar un
poco? ¿Acaso el viaje mismo
no te consuela,
Diana? ¿No es como el tacto
de otra mano, no lo es, verdad?
¿Comerías conmigo para
contarme?
¿Ya floreció la rosa
en tu jardín? ¿Es tan bella?
¿Los pétalos reventaron
plenos de vida, la vida es
púrpura después de un viaje,
Diana,
es así?

De Solo de contralto, Ed. Galerna, 1998.

“Era la tarde y la hora”

Esteban Echeverría     

A la hora de palabras patéticas
me tiento de risa; es nervioso, es nervioso
dice la madre
y yo le creo.
La desesperación, el
desespero,
él es un desesperado: –Ay, es cierto
y me tiento:
son palabras patéticas.
“La falta de mística”, es fatal que
“todo sea cultura”, las aceitunas
vos y yo: es patético,
el sonido,
¡quién tuviera un oboe!
Arder, “Vas a arder”:
es cierto.
Era la hora en que mi vida sexual pagó
¿por qué no?
consecuencias
lúgubres. Las palabras
huelgan:
¿Qué voy a hacer ahora?
Y a la hora de hechos patéticos,
a la hora de una falta de hechos
no puedo reír
no me acurruco, no me cubro
ni siquiera muero:
escucho el viento
y aplasto terribles,
tiernas mariposas que
(hablo de palabras vagas, cuasipatéticas)
seducen el aire
a respirar:
es cierto, preciso el aire.
Vuelan
coloridas
y duran –ay de mí, ¿es que la rima es débil, así
de mortecina?–
una noche de gusanos, las palabras vagas,
y solamente un día.

De La calma, Ed. Libros de Tierra Firme, 1991.

He cantado

Aquí me ven con la boca abierta
como una ballena,
esa ballena que escupe
pura congoja. Oh, Ahab, ¿alguien
podría decir es aquí
adonde me deshago ahora?
Oh, boca abierta, yo,
que he cantado,
ballena blanca y mortal, no quisquillosa sirena,
oh, amor mío,
quién ha muerto
a quién.

De La dicha, Bajo la luna editorial, 2004.

Estoy viva.
Acabo de sepultar a mis seres queridos.
Aquí en el cementerio los árboles murmuran
una música parecida al mar
El sol apenas se entrevé en el cielo
porque empieza el otoño. Camino
hacia la salida con una flor en la mano.
Antes, cuando eché el primer puñado de tierra
sobre mis seres queridos, muertos,
el mundo se abría a mis pies como una tumba. Mas
ahora no: escucho el viento
y ese ulular de ramas
es tan hermoso
que siento que lloro.

A mis hijos     

De Solo de contralto, Ed. Galerna, 1998.

Que te quede de mi
ese ruido de amapolas
endebles y furiosas
besándote,
y guardes la mirada
perdida, detenida
en algún punto fijo, como
si te mirara detenidamente,
perdidamente,
y te toquen la memoria
mis manos
como si te tocara,
y veles
el cuerpo vivo,
increíblemente vivo
que tuve.

De Solo de contralto, Ed. Galerna, 1998.